El visir estaba confuso. Escuchó
y escuchó pacientemente todo lo que el soldado iba contando. Era una bonita
historia plagada de alusiones a la magia, a los tiempos antiguos, a leyendas
con más o menos base real, una historia para recrearse en ella o para desestimarla
sin más, para esbozar una sonrisa o para creérsela a pies juntillas. El soldado
guardó silencio, el visir también. Nuestro buen paduleño comenzó a ponerse
nervioso, no sabía que pensar. El visir juntó las manos sobre la boca, pidió al
soldado que guardara el más absoluto
silencio sobre todo lo hablado en la sala y le dejó marchar. Los
pensamientos se arremolinaban en su cabeza y al final se decidió. No había nada
que perder, era una posibilidad, no era muy creyente en cuanto a leyendas
populares ni aficionado a propagarlas pero la conversación con el soldado le
provocó una cierta incertidumbre por lo que hablaría con el sultán y ya verían
lo mejor.
La conversación con el sultán se
parecía por momentos a la mantenida con el soldado solo que ahora las tornas
estaban cambiadas, el visir hablaba y el sultán escuchaba. Al rato hizo un
gesto con la mano y preguntó… “mi buen visir, el mejor de mis servidores… ¿por
qué es diferente la laguna de la que me hablas?... sabes que estuve en Alhama…
que he estado en Ronda… que hemos estado en las cumbres de Sulayr … ¿cuál es tu
opinión de todo esto?... ya me contarás los detalles, ya me hablarás del
soldado y si todo merece nuestro respeto”.
“Me halagas gran señor, a mí, al
más humilde de todos los que se dignan servirte y que postra su cara a tus
pies. No estaría aquí si no pensara que la posibilidad es seria, que puede ser
real. Los ojos del soldado transmitían pasión, transmitían fe, transmitían una
seguridad en todo lo que me contó que no pude más que creerlo y mi creencia
como la suya lo es además fundada sobre todo en que nada se pierde con acudir
allí. Solamente me recalcó que se hiciera en la noche dentro de veinte días, en
la noche más corta y que deberíamos andar con cuidado ya que el terreno es muy
pantanoso hasta llegar a la fuente de agua clara y dorada”
“Haz los preparativos amigo mío,
hazlo con prudencia y cautela, que todo esté dispuesto para ése momento… iremos
a la laguna la noche más corta”.
El día señalado, a buena hora de
la mañana, una recua de animales repleta de cántaros en los aparejos abandonó
Granada por la puerta del pescado camino de la alquería del Padul. Debían estar
allí al caer de la tarde y esperar noticias antes de cargar, no sabían qué.
Llegaron a primeras horas de la tarde y esperaron en el lugar convenido a la
sombra de unas higueras junto a una fuente que entre sus raíces manaba agua suave
y limpia.
Ocho jinetes abandonan la
Alhambra cuando el sol aún baña las murallas de la Alcazaba y por el este de
Granada cabalgan camino de La Zubia y
Alhendín donde cambiarán de monturas. El visir lo ha preparado bien, nadie se
pregunta nada, todo está dispuesto. Hablan poco, el sultán mira al frente y
sigue al soldado que los guía hasta la laguna. Cuando llegan al sitio los
arrieros ya están preparados y los cántaros dispuestos junto a los juncos al
lado de una acequia. Tienen que esperar, mientras tanto el sultán junto al
soldado guía y dos de sus leales avanzan entre las zarzas y las aneas por una
tierra embarrada. La noche ya hace rato que se cerró, la luna se levanta a lo
lejos en los picos de Sulayr, falta poco para la medianoche. El soldado avisa
al sultán que tenga cuidado, están a unos metros del pozo … los juncos pierden
espesor y por unos instantes los rayos de luz de la luna se reflejan en el
pequeño lago que se abre a sus ojos.
El guía indica que es el momento
y el sultán deja sus ropas sobre unos arbustos y lentamente se desliza hasta el
agua limpia del “ojo brillante de la luna”. “Señor…tened cuidado…hay corrientes
y el agua está muy fría… no soltéis la cuerda”. No ocurrió nada y el baño
terminó a los pocos minutos. El brillo del agua todo lo refleja, el sultán mira
hacia atrás, se envuelve en la capa y lentamente abandonan el lugar. Una vez se
han marchado los arrieros toman su lugar y llenan los cántaros del agua más
limpia del pozo. Poco a poco se van cargando los animales y lentamente inician
el camino de regreso a Granada. El hamman del palacio real espera los cántaros
con impaciencia. Esa mañana será un baño muy especial.
Cuentan las crónicas que a los
pocos meses los problemas reales se resolvieron y que el soldado paduleño dejó
de ser soldado para ser miembro de la guardia personal del sultán.
El visir no paraba de sonr
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