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No son las mejores vistas las que nos ofrece éste pequeño
hotel asfixiado por los grandes edificios del siglo pasado que lo empequeñecen
aún más, no obstante es un hotel agradable y lo es aún más por estar donde
está. Cerca muy cerca de la Sorbona, la
Universidad centro en muchos momentos de la historia del poder, revolución y
discusión política en Francia, historia pura de las leyes y las letras. A su
lado el Phantéon, monumento de la nación a sus hombres más ilustres, genio y
figura. Estamos en “le Quartier latin”, “el barrio latino”. A ciencia cierta
que lo es, calles pequeñas que se mezclan con otras más anchas y modernas,
iglesias antiguas, museos, edificaciones modernistas, calles como la Rue
Mouffetard, para no perdérsela, andar muy despacio por ella disfrutando con
todos los sentidos. Los puestos de frutas, verduras de todas clases y
cachivaches de lo más variopinto se agolpan en un orden “cuasi” militar,
dejando a veces solo un estrecho pasillo por el que poder caminar. Merece la
pena tener un poco de paciencia y recorrerla poco a poco, el espectáculo de los
comercios y tenderetes lo merece por su presentación exquisita y colorista.
No son las mejores vistas, no veo la más lejana Torre Eiffel
ni la más cercana a tiro de piedra de Notre-Dame, los edificios no me dejan ver
el bosque más todo a veces es importante y el hotel es cómodo y muy bien
situado para poder ir andando a casi todos los sitios y hoy le toca al Barrio
Latino. He partido de La Sorbona y quiero llegar al Museo d’Orsay. Los jardines de Luxemburgo, San
Sulpice, San Severin, San Germaine des-Pres, el Museo… Hemos salido del barrio
latino para entrar en Montparnasse, barrio igual de bohemio en ésa atmósfera
romántica que casi siempre está envuelta Paris. No todo es romántico, no todo
es moderno ni barroco, ni clásico ni gótico ni súper contemporáneo , París es
París y lo es casi todo. La mañana se va consumiendo lentamente y a mí casi me apetece ahora
volverme a los puestos de frutas y en alguno de los bares sentarme en una
terraza y tomarnos una cerveza, el museo se verá por la tarde. No es mala idea,
los franceses ya están reponiendo fuerzas, con un aperitivo me conformo por
ahora, después si han cerrado buscaremos algo por ahí, siempre hay algo
abierto. Al final el aperitivo no lo es tanto y comemos a la francesa, cambio
de planes y cruzamos el Sena para ir a la “Ile de la Cité”. Notre Dame y la
pequeña pero incomparable Saint Chapelle nos esperan. Restaurada y restaurada
unas veces con más acierto que otras la imponente Notre Dame domina la plaza y
el río, desde el Sena es una maravilla, aconsejo dar una vuelta a su alrededor.
Muy cerca la Saint Chapelle se nos muestra pequeñita y
coqueta tras hacerte a la idea de que estás en una iglesia de dos plantas,
extraño, oscura y claustrofóbica la baja a pie de calle y explosión de luz y
color en la superior con las imponentes vidrieras que tocan el cielo,
simplemente “flipar en colores”. Uno se sienta y…disfruta.
Tomar un café en una terraza mirando el Sena es sólo
comparable con pasear por la noche en uno de los muchos barcos que lo recorren,
los “Bateau-Mouche” desde la Torre Eiffel hasta Notre Dame. Cenar en uno de
ellos…para sibaritas totales.
La luz de París iluminado es una sensación diferente y el
otro lado del río, el París de Trocadero, de los Campos Elíseos… de Montmartre…
parece como si en cualquier momento se te fuera a venir encima más es la Torre…
la Torre Eiffel la que te da las mejores sorpresas. Plazas, enormes jardines,
el Sena, los palacios… y allí aparece… grande, bella, enorme, cual nave
espacial a punto de despegar y ahora de noche iluminando París. Quiero sacar
fotos… miro…la luz…no sale bien…prefiero mirar y ver y volver a mirar… luego
compramos una postal.
De vuelta al hotel los puentes que unen el Sena con el barrio
a la luz de la luna y el brillo del agua se ven de otra forma, estamos en
París…mañana tendré seguramente otras vistas…nuestro Valle está fuera de
concurso, nuestra Laguna…nuestro verde…el blanco de la Sierra…sí…fuera de
concurso.
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